martes, 20 de marzo de 2012

CAPÍTULO XXII




CAPÍTULO XXII

Después de haber dedicado los capítulos anteriores al estudio de los métodos utilizados por los Rosacruces desde hace siglos para curar a otros, vamos a considerar ahora cuales son los principios para la autocuración y a revisar con más detalle lo que aprendió en la sección de Neófitos. Pero antes de examinar estos principios, nos parece importante insistir en algunos puntos fundamentales.
En primer lugar, debemos precisar que la palabra “enfermedad” es un término muy general empleado para designar infinidad de estados patológicos que van de una simple        indisposición, a la leucemia. Eso significa que el hombre puede sufrir muchos males y que, en su inmensa mayoría, la ciencia médica ha sido capaz de diagnosticarlos y de darles un nombre. Sin embargo, como hemos explicado a lo largo de este libro, las numerosas enfermedades catalogadas por la medicina no son más que diferentes efectos de una misma causa fundamental: el desequilibrio energético de un órgano cualquiera o de una de las funciones síquicas.

Este desequilibrio se manifiesta por una        perturbación orgánica o funcional, más o menos importante, que determina fatalmente el grado de gravedad. Por eso decimos que existen unas enfermedades que son graves y otras que no lo son, aunque en principio, la causa fundamental sea la misma. En general, se podría considerar que la diferencia de gravedad de las del trastorno síquico que les ha dado origen, por el tipo de órgano o función que se ha visto afectada, y por el número de días, meses o años transcurridos desde el comienzo de su aparición en el cuerpo.

En segundo lugar, sabemos que la mayor parte de las enfermedades graves, contrariamente a las que no lo son, son la consecuencia de un desequilibrio energético que se ha producido interiormente mucho tiempo antes de salir al exterior. En este segundo caso, es mucho más difícil restablecer el equilibrio y obtener la curación. Por todo ello, es sumamente importante prestar la debida atención a la prevención de las enfermedades y a la necesidad de vivir en constante armonía con Dios, tanto en el plano físico y mental como en el emocional y espiritual. Aunque lo parezca, no es una perogrullada afirmar que el mejor medio de curarse es no caer enfermo. Este tema será objeto de estudio en los próximos capítulos, en los que examinaremos algunas importantes nociones referidas a como mantener una buena salud.

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